Un pie de tres años no es un pie adulto en pequeño. Está en pleno desarrollo, con más cartílago que hueso, y va cambiando de forma y de apoyo a medida que el niño crece y camina más. Eso hace que muchas cosas que llaman la atención sean simplemente una etapa.
Lo que suele formar parte del desarrollo
- El pie plano en los primeros años. Es habitual: la almohadilla de grasa y la laxitud propia de la edad hacen que el arco no se marque. En muchos casos se va definiendo con el crecimiento.
- Caminar de puntillas de forma ocasional cuando se está aprendiendo a andar.
- Cierta rotación de las piernas, que hace que las puntas de los pies miren algo hacia dentro o hacia fuera y que suele corregirse sola.
- Tropiezos y caídas mientras se afina el equilibrio.
Lo que conviene consultar
- Dolor. Un niño no debería tener dolor de pies de forma habitual; si se queja, hay que mirarlo.
- Caminar de puntillas de manera constante, no puntual.
- Una asimetría clara entre un pie y el otro.
- Que evite jugar, correr o quiera que le cojan en brazos con más frecuencia de la esperada.
- Uñas que se clavan, verrugas plantares o durezas, que a esa edad no son normales.
- Un desgaste muy desigual del calzado.
- Antecedentes familiares de problemas del pie.
El calzado infantil
Menos es más. Un pie que está formándose necesita moverse:
- Suela flexible, que se doble por la zona de los dedos.
- Puntera ancha, para que los dedos no se monten.
- Sujeción en el talón y un cierre que ajuste de verdad.
- Ligereza. El peso del zapato cambia cómo camina un niño.
- Revisar la talla a menudo: en las etapas de crecimiento rápido puede quedarse corto en pocos meses.
- En casa, descalzo o con calcetín antideslizante siempre que el suelo lo permita: es el mejor estímulo para el pie.
Sobre heredar zapatos: lo que se adapta con el uso es la suela y el contrafuerte, no el pie. Si están muy usados, mejor no reutilizarlos.
Cuándo hacer la primera revisión
Una valoración de podología infantil tiene sentido cuando el niño ya camina con soltura, en torno a los tres o cuatro años, y después de forma periódica durante el crecimiento. No es para adelantarse a problemas que no existen, sino para tener una referencia y detectar a tiempo lo que sí conviene tratar.
Si aparecen verrugas plantares —frecuentes en piscinas y vestuarios— conviene tratarlas pronto, porque se contagian con facilidad. En la clínica se abordan como papilomas plantares, con la opción menos agresiva que permita cada caso.
